También llamada mezcla sustractiva, es la combinación más famosa generada por tres colores primarios que aprendemos desde la primaria: cian, magenta y amarillo y que en conjunto forman el negro. Adicionalmente a esta mezcla se agrega un cuarto color, el negro, que para reducir costos y poder mejorar la calidad de los impresos, se agregó bajo la letra «k» para formar la famosa mezcla cuatricrómica. El origen de por qué la letra k no está muy claro, pero la versión más popular es porque la «b» corresponde al azul de la mezcla RGB y por ello se usó la última letra de la palabra «black» para representarlo.

Lo cierto es que esta mezcla es más limitada que el RGB —la cual abordamos en el artículo anterior—, y representa todo un reto al quedar plasmada en diferentes sustratos o recipientes (papeles y similares pues, para ser más coloquiales). Para ejemplificar esta situación, supongamos que debemos imprimir un carte de 60 x 90 cm. Las pruebas preliminares las hacemos en impresiones láser en tamaño carta antes de la producción final que se haría en plotter de inyección de tinta. El resultado es que las pruebas en carta no se asemejan por mucho a la impresión final. Y la respuesta radica en que, mientras en algunos sistemas de impresión como el láser el color se adhiere por calor al papel en forma de tóner (polvo), en un plotter la impresión se hace por medio de inyección de tinta, ésto al ser un sistema de coloración líquida. De ahí que el tamaño del punto, las mezlcas y el sistema en sí son muy diferentes, tanto como hablar entre RGB y CMYK.

Aquí —en CMYK— los colores se mezclan de una forma más «sucia» con respecto al RGB y por ello su rango cromático es mucho más corto. Para ejemplificar mejor este tema realizamos esta prueba: en un documento de Photoshop, generamos el color verde lo más luminoso posible, es decir: R=0, G=255, B=0. El resultado es un verde brillante como se muestra a la izquieda en la gráfica. A momento de convertir dicho documento a CMYK el verde se opaca visiblemente, de forma que si lo comparamos en la gráfica los valores son: R=0, G=186, B=0. Esto significa que el verde, entre la gama de 186 y 255 siempre se reducirá a 186 cuando se imprima, aunque en el monitor se siga viendo el tono prendido. Lo peor de todo es que una vez que convertimos el documento de RGB a CMYK, si queremos regresar a la tonalidad del verde brillante ya no es posible. Por eso es importante que al trabajar en imágenes en RGB, cuando hagamos la conversión a CMYK, lo hagamos sobre una copia para mantener la imagen original.

Debido en gran parte a la incompatibilidad que hay entre los dos formatos, debemos buscar la forma de basarnos en fuentes confiables al momento de producir color. Para ello existen las guías físicas de color, como Pantone, que habiendo estandarizado los tonos mediantes códigos numéricos, podemos definir un color físicamente y trabajar bajo esa nomenclatura, sabiendo que aunque en el monitor percibamos un color distinto, en la impresión obtendremos el tono deseado.

 Podríamos hablar de color tanto como para escribir varios libros, pero el espacio es limitado, por ello en la próxima columna trataremos el tema de cómo trabajar el color de formas más confiables.

Ayuda en línea